Todos podemos ser asesinos: Daniel Giménez Cacho

Daniel Giménez Cacho lleva a escena la obra "Misericordia", protagonizada por ocho mujeres que caminan juntas en la Caravana por la Paz

Por la libertad de las ideas

En los últimos años, la prensa mexicana ha vivido momentos difíciles debido a la violencia y al crimen organizado. El PEN Internacional se solidariza con los periodistas y comienza actividades en nuestro país a favor de la libertad de expresión. Presentamos un recorrido por la historia de la organización y una entrevista con John Ralston Saul, su presidente.

Mi mamá es un zombi

Así despertó un día. Era un lunes como los he visto amanecer por montones, sólo que esa mañana en lugar de levantarme suave y cariñosamente, mi mamá intentó morderme los pies. Yo estaba dormido y primero creí que era una pesadilla. No reconocí que fuera ella. Sólo vi una horrenda cabeza con pelo negro que lanzaba mordiscos. La pateé con todas mis fuerzas y juro que escuché cómo tronaban algunas de sus vértebras.

Historias de zombis, la nueva moda literaria

Los zombis carecen del romanticismo y de la personalidad que poseen los vampiros, pero no por ello son menos seductores. Esos muertos vivientes que siempre en hordas van por la vida devorando cerebros, han cobrado una fuerza arrolladora y se han convertido en un fenómeno de la cultura contemporánea.

Charles Dickens y la invención de la realidad

El 7 de febrero celebramos 200 años del nacimiento de Charles Dickens, en cuyos relatos y novelas conviven el pensador social, el sabio humanista y el humorista vivaz. No sólo dio aliento a centenares de seres que personificaron unas vidas tan inverosímiles como extremas, sino que capturó el espíritu de un paisaje urbano —Londres y sus calles decrépitas— sin el cual no pueden concebirse la ruindad y la bondad humanas. "Laberinto" ofrece ocho acercamientos polifónicos a su obra y su legado. Por estas páginas caminan el niño empleado en una fábrica de betún, el editor y periodista (con un texto inédito en español), el padre de familia, el enamorado, el escritor incansable a quien debemos la apología de esa institución literaria ya tan en desuso: el final feliz.

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jueves, 19 de julio de 2012

Agua de Azar - Magris es un río



Jorge F. Hernández


Fuente: Milenio 


Confieso que hay autores que me son como montañas, cuyas obras se van apilando en el estante de las lecturas pendientes como cimas que se podrían conquistar cualquier otro día que no sea hoy, y de preferencia, a partir de pasado mañana. Luego, confieso las largas semanas en que aclimato mi filiación con los libros de escritores selváticos o boscosos; hablo de novelistas tropicales que embelesan con sus adjetivos precisos y el juego de verbos como transpiración de una planta desconocida y hablo también de narradores cuyas tramas son nieve de tundra, páramos engarzados de bosques espesos que se leen siempre de lejos, y con un soplo helado de vaho en cada línea. Conozco poetas que son jardín, y cuentistas que se explayan como narraciones habladas en la caminata de un atardecer, bañados sus párrafos con la espuma de las olas mientras el que lee va dejando sus huellas en cada página como quien imprime las yemas de los dedos sobre arena ocre y húmeda que se hunde por sílabas.

Tengo en mente relatos que parecen acantilados, novelistas que clonan ciudades, cuentistas que llevan en el mapa de sus rostros un llano incendiado de historias tremendamente sencillas y cronistas del pretérito cuyos recuerdos conforman la cordillera de la Historia con mayúsculas o el apacible valle de la historia minúscula, no patria sino matria, la de querencias como sobremesas y largos paseos que se alargan en conversación… Montañas, jungla, pampa y desierto… Autores que bordean sus libros como costas oceánicas y escritores que tejen sus obras como hierbas que reptan las bibliotecas, poetas que dibujan nubes con sus versos y que llueven bugambilias o jacarandas para que el asfalto de todas las calles llore morados… Pero de entre todos los que leo, quiero afirmar en estas páginas que Magris es un río.

Claudio Magris es un río y la imagen se debe evidentemente a su libro El Danubio, y a la deuda de gratitud creciente y sincera que le guardo a esas páginas húmedas junto con no pocos miles de lectores que han navegado sobre sus párrafos en sus sucesivas ediciones y traducciones. Pero que Magris es un río es afirmación que va más allá de ese solo libro: refiere también la admirable transformación que ese autor le imprimió como tatuaje indeleble al género del ensayo, abriendo como exclusas entre océanos la atrevida compaginación de ese género con todos los demás. Hablo de que Magris ha sido de los almirantes en prosa que no tuvo ningún empacho ni problema en compaginar imaginación con memoria, fundiendo agua salada y dulce como una confluencia natural al filo del océano inmenso de la literatura. En su obra transpiran por igual eso que llaman Non-Fiction (necio afán por definir algo por lo que no es) y Literatura Pura. El resultado confirma el torrente. Estamos ante un río cuya geografía traza un mapa entrañable de Europa, al tiempo que es espejo fiel del rostro de un escritor. Rostro entre tantas caras, escritor de vocación inquebrantable entre tanto autor advenedizo, río legible entre tanto libro inadmisible que compran los incautos.

Debo a mi maestro Julián Meza el descubrimiento de El Danubio según Magris. Una aventura que lleva ya poco más de veinte años de lecturas y relecturas navegadas, a veces con la ayuda de remos como referencias de un paisaje ignoto y a veces con el sosiego de ir pegado a los márgenes, allí dónde uno va anotando sincronías y afinidades. Veinte o más años de ir sobre las aguas de unas páginas donde se combina la corriente invisible de la historia con el oleaje inmediato de la superficie; aquí la memoria de un edificio y sus inquilinos ya fantasmas y allá, en la página siguiente, la precisa descripción de un paisaje eterno; por allá las páginas que apuntan a lo intemporal y por aquí el guiño de lo trascendental aunque efímero. Un libro ensayo de novelas con cuentos donde el autor no niega alma poeta; un río de kilometraje largo que va cambiando de idioma como serpiente que cambia de piel. Un río de pasiones y desencuentros, viaje intemporal por el tiempo que todos sincronizan al leerlo. “Novela sumergida” en palabras del propio Magris, viajero que contagia el viaje por todo lo que fue, es, ha sido y será la civilización danubiana… mapa verbal de lo que el observador contempla y cartografía autobiográfica al mismo tiempo.

viernes, 3 de febrero de 2012

El grito más fuerte - Agua de azar



Jorge F. Hernández
(Publicado en Milenio 02-02-2012)

El grito más fuerte nace en el silencio de la desesperación y el desahucio.... quizá por eso un grupo de artistas tuvo a bien formar el Colectivo El Grito más Fuerte.

Lo saben los niños que se caen de sentón sobre la mera punta cóccix y lo recordamos quienes nos hemos topado de pronto, inesperada e insospechadamente, con la desagradable sorpresa que nos deja mudos: hablo del grito silencioso, inhalación de todo dolor, que antecede a la explosión de nuestras gargantas ya abiertas en cuello. El grito más fuerte nace en el silencio de la desesperación y el desahucio; suspensión eléctrica de todo lo que nos rodea, es un vado de tiempo, un vacío en el espacio… parecería que nos quedamos sin aliento y, de pronto, se rompe el aire con la voz ya rasgada del más grande dolor, una vocal que se eleva tanto dentro de nuestro pecho que parece que se rasga el telón de lo que llamaban alma y los párpados se constriñen como pinzas allí donde nace la nariz y los ojos se llenan de mar y absolutamente todo el Mundo se queda quieto y en silencio alrededor… hasta que alguien se acerca o siente cercano y se contagia y el grito que nació callado se vuelve plural, de inaudible se vuelve estentóreo.

Al día de hoy, México suma más de cincuenta mil muertes acaecidas durante los pasados cinco años, relacionadas directa o indirectamente con la mal-llamada Guerra contra el Narcotráfico y Crimen Organizado (que ya no se sabe si es políticamente correcto o incorrecto llamarla así) y con la vergonzosa desfachatez de no consignar nombres y apellidos, situación o circunstancia de la mayoría de las víctimas. A los cincuenta mil muertos, hay que sumar doce mil desaparecidos y más o menos ciento veinte mil personas desplazadas por la desesperación o el desahucio. En este entramado desolador y sangriento ha de haber incontables gritos que se contagian y que, al parecer, son inaudibles… quizá por eso un grupo de artistas, actores, actrices, cineastas y teatreros tuvieron a bien formar El Colectivo El Grito más Fuerte, sumarse a los justos reclamos y heroica indignación que encabeza Javier Sicilia y su Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad… e intentar el difícil ejercicio de “ponerse En los Zapatos del Otro”.

No citaré los nombres de los famosos —precisamente porque el esfuerzo no radica en subrayar su protagonismo, carisma ni trayectorias—, mas sí me concentraré en celebrar los rostros de los familiares de las víctimas que aparecen en un video donde los actores y actrices dan voz, gesto y mirada a sus historias. Parece que no pocos mexicanos ya no somos capaces de compadecernos de la víctima que tenemos ante nuestros propios ojos y que sólo tomamos conciencia cuando esa víctima es interpretada en la pantalla chica o grande… de todas las muertas de Juárez no recordamos rostro ni nombres, a contrapelo de las actrices que han desfilado por reclamarles su esclarecimiento. Allí en el espejo, no somos capaces de ver nuestro propio rostro y quizá por eso resulta tan contundente que artistas conocidos y reconocidos hayan ofrecido sus voces y rostros para que todos podamos encarnar e intentar encarar el reto de ponernos en los zapatos del Otro.

En este país donde es tan común y popular dar gracias con el sombrero ajeno, resulta dramáticamente contrastante la cuasi nula capacidad que tenemos los mexicanos para ponernos en los zapatos de los Otros, imaginar que el lugar donde se halla el Otro es el mismo que ocupamos o podemos ocupar. Enfilados, punta con tacón, se hallan cincuenta mil pares de zapatos ya sin dueño; prosigue la línea con ciento mil pares de zapatos y doce o quince mil pares que prolongan como vía esa terrible cicatriz no del todo explicable, totalmente imperdonable… que muchos creen irremediable y que, en realidad, sólo podemos empezar a clarear con cada voz que se una a la indignación, cada voz que permita que el grito salga del silencio interior y se vuelva campanada.

Más de un centenar de artistas se han unido con el afán de luchar por hacernos entender a todos que lo que me pasó a uno no debe repetirse con otro; lo que me pasó a mí, no debe pasarte a ti… y lo hacen con la convencida creencia de que empiezan por la casa de cada quien, sumando barrios, multiplicado el afán en pueblos y ciudades hasta que se finque una diferencia, por lo menos una respuesta digna a los gritos de las víctimas y las demandas de sus famliares.

Faltan ciento cincuenta días para la elección presidencial en México y la larga fila de zapatos vacíos no es metáfora lacrimosa ni puesta en escena para el vacío. Se trata de un sinuoso sendero que hasta ahora ninguno de los aspirantes o suspirantes a la Presidencia de la República ha sabido reconocer o incorporar a sus urgentes propuestas. Por hoy, acorto los párrafos aquí… No sin antes subrayar la sana exhortación de ponernos en los zapatos de los demás: el mandamás y el poderoso, los que se creen siempre con la razón, los pretenciosos y pusilánimes… pero también familias que no han sufrido la tragedia de perder a un familiar, los hijos que no han caído en orfandad por la violencia y los padres que no se han quedado sin hijos por todo este enjambre enredado y deleznable que se atora en la garganta, absorbiendo el aliento sin que se escuche, a punto de oírse… el grito más grande que ha dado México, aunque con sólo escribirlo me es inevitable reconocer la tautología: todo lo que digo tiene como telón de fondo a los millones que no escuchan, los criminales que matan campantes, los policías y funcionarios corruptos que sólo gritan en las peleas de gallos, los millones de aficionados y enajenados que gritan ante las pantallas de la televisión o las páginas amarillas de los chismes. Tanto ruidero y tanto grito que parecería sana la humilde exhortación de que así como habrá que ponernos en los zapatos del Otro, no nos viene mal escuchar la soledad del silencio.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Isocronías - De libros y otras vivencias



Ricardo Yáñez
(Publicado en La Jornada 01/02/2012)

Si me preguntaran por los tres libros etcétera, considero que aunque me tendieran una trampa sabría responder. No creo que dijera El Principito, Platero y yo ni, mucho menos, Corazón diario de un niño, pero ésos me marcaron. Y no en ese orden, sino al revés. El último lo leí a los doce años, el de enmedio no tan joven y el primero ya de más de 23. Pero los leí, sin duda, y no se me olvidan.

No son, ninguno de ellos, los que más han cambiado mi vida, pero la cambiaron.

De no haber leído De los Apeninos a los Andes, no escribiría. Ese relato del volumen de Edmundo D’Amicis termina: Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a su madre. Ni modo de hacer a un lado que Umberto Eco tilda, con razón, al libro de fascista. De todos modos cambió mi vida. Y no hacia el fascismo. Platero y yo me llevó, en la colección Sepan cuántos… a los 300 poemas de Juan Ramón, entrada al gran poeta de Moguer. Uno puede empezar por donde sea. La cuestión no es irse por la tangente, hacia lo peor o hacia ninguna parte, que es lo que en conocido caso se hizo. Fama es que Juan Ramón padecía vanidad. Sus poemas no tanto, o casi no, o no.

¿Y acerca de Antoine de Saint-Exupèry? A más de la leyenda que a pesar de todo todavía lo envuelve, no sé gran cosa de él. Tuve su Vuelo nocturno y no, no lo leí.

En fin, ésos no son los libros que más han cambiado o marcado mi vida, sino otros. ¿Mas cómo olvidar los primeros?


¿Cuáles los definitivos? No tres, más. Entre ellos, Pedro Páramo. Entre ellos, los de San Juan de la Cruz. Entre ellos, el Tao Te King. Entre ellos, Pito Pérez y Juan Pérez Jolote. Entre ellos, los versos de Garcilaso de la Vega y los cantos de María Sabina. ¿Eclecticismo? Verdad. ¿Una gran verdad? Claro que no, verdad llana y sólo eso.

También hay películas que me han cambiado la vida (Vivir es una). Preguntado por ellas, ¿no sabré qué decir? Oigo de casualidad a la hora de anotar esto poesía popular de Oaxaca. La poesía popular mexicana, alguna de ella necesariamente derivada de la española, es la marca mayor (no la única: la argentina, la dominicana, la chilena, etcétera, también). No hablaría de libros sino de una herencia, y en ese sentido de un quizá solo Libro. Carezco de la fortuna de calar tan hondo o volar tan alto, no sueño a tal grado, como la mujer de Huautla que sin conocer de letras bien conocía su Libro, pero el que llamo mío me abrió y sigue abriendo las páginas de los demás.

lunes, 30 de enero de 2012

"Le voyeur" - Hombre de celuloide



Fernando Zamora
(Publicado en Laberinto, suplemento de Milenio 28/01/2012)

La principal virtud de Martin Scorsese en la construcción de su primer experimento en tecnología 3D (Hugo) es que encarna a sí mismo para hacer una película con sabor a otro tiempo. Evitemos las malas interpretaciones, Hugo no es un homenaje al cine mudo. Tampoco es un homenaje a Méliès; Hugo es un experimento mental mucho más complejo. Y en él Scorsese se imagina director en la primera década del siglo pasado. Un director que cuenta, sin embargo, con tecnología del tercer milenio. Sólo así se entienden las digresiones narrativas que habitan esta película: la niña cae y pareciese absorbida por el suelo; la gente, insensible, camina sobre ella, la pisa; la cámara todo lo filma desde aún más abajo; el policía de la estación persigue al niño y se enreda en una coreografía digna del pastelazo; Méliès hace girar las hojas de un cuaderno y nos introduce en una animación; etcétera. Scorsese juega a experimentar con el montaje como si no lo hubiesen hecho ya Eisenstein, Hitchcock, Welles, Cocteau, Vigo y aun él mismo. Para utilizar una metáfora plástica, es como si un pintor contemporáneo jugase a descubrir la perspectiva.

Scorsese contraría la ética posmoderna del “roba y triunfarás”. A diferencia de los idiotas que repiten la misma escena fuera de contexto, inventa su propio Cero en conducta, su propio Acorazado Potemkin, su Perro andaluz y su Bella y la bestia. Esto es Hugo, la película más personal que Martin Scorsese ha filmado desde La edad de la inocencia. Y Livingston Lowes bien pudiese decir de él lo que dice de Coleridge: “Dadle una vívida palabra de algún viejo cuento; que la mezcle con otras dos en su mente; y entonces (usando expresiones musicales) ‘con tres sonidos compondrá no un sonido más sino una estrella’ ”. El posmodernismo está hecho de ladrones, como el tío con el que Hugo tiene que vivir. Pero Scorsese más que robar busca la llave que le permita abrir un misterio que se llama montaje. No debe ser casual que lo que busca Hugo sea una llave en forma de corazón.

Desde el punto de vista narrativo, Hugo ha sido construida como una ópera, con tiempos en los que el autor avanza trama y tiempos en que espera que el público se recueste cómodamente en su butaca para disfrutar de la lírica que aquí es puro arte visual. Scorsese parece haberse inspirado en Los cuentos de Hoffmann de Offenbach y particularmente en la versión para cine que dirigieron en 1951 Michael Powell y Emeric Pressburger. En esta versión los directores subrayan la obsesión de Hoffmann por el androide. Este interés por pernos y engranes que llevan a la destrucción al protagonista del cuento “Hombre de arena” emancipa al pequeño Hugo. Ahí donde Hoffmann enloquece, Hugo descubre una vocación que liberará a Georges Méliès de su locura.

Hugo cuenta la historia de un pequeño mirón, un voyeur que, enamorado de su androide, encuentra finalmente el amor en un genio del cine y en esa linda niña francesa de cuyo cuello pende una llave en forma de corazón.

@fernandovzamora

Neoliberismo eres tú - Archivo Hache




Heriberto Yépez
(Publicado en Laberinto, Suplemento de Milenio, 28/01/2012)

La fábrica del lenguaje, S.A. (Anagrama, 2011) de Pablo Raphael está bien escrito y mal pensado. Public Relations & Auto-Spoiler.

La fábrica… es un ensayo tripartita sobre la relación entre neoliberalismo y denial literario (a ser una generación o una literatura ética) que abre con una sátira —mediante falacias ad hominem— sobre las contradicciones que atribuye a otros intelectuales.

Habla de nadie o del otro que caricaturiza —El Escritor Neoliberal— para erguirse autoridad y hacer reír al lector.

Prosa de zapping peterpánico que pasa de una cosa a otra vía máximas irónicas atrapadas en descalificar todo excepto su capacidad de descalificar todo.

Libro apresurado e incongruente. Ping pong de slogans intercambiables y absolutistas (pero con Buena Intención).

“Lo de hoy es el pensamiento rápido”, dice. Pero a su libro no le sobra un tuit, es filosofía-facebook y párrafos-pasarela. No tiene temas: tiene invitados. Es un libro de 302 páginas sin argumentación. Pero mucho name-dropping.

Se asume liberal pero no da más alternativa que Regresar al Centro: después de tantos posts el Silencio de Sicilia es mi Post-Scriptum.

Por ejemplo, P. Raphael dice que las periferias reclaman su espacio porque son neoliberales, como la movilización on-line (pp. 23-24), ejecutada por el Pentágono (p. 93), lo cual no evita subir a YouTube su booktrailer.

O lanza clichés sobre escritoras y lectoras (pp. 16-20 y 121); señala como “sustitutos de sentido” y “sectas” desde Séneca hasta el zen (p. 149), ¿por qué? Porque Pablo Raphael lo determina, como determina que “Todo aquello que en su portada contenga las palabras ‘Tijuana’… o ‘norte’ está sustentado en un estudio de mercado”.

¿De verdad cree todo eso? No importa: lo puede decir y será palmeado.

Su fábrica del lenguaje (prefabricado) es una agencia publicitaria para un lector con déficit de atención.

Libro inverosímil e inexplicable. Con prosa del Internet 2004 y secretamente conservador, ideal para un lector chic-reaccionario.

Y penoso que diga “Lo verdaderamente interesante que se produce en el ámbito de lo fantástico mexicano” es una lista de “autores relevantes… en cuya compañía tengo el gusto de aparecer con cierta frecuencia” (p. 214).

Como su título indica, es literatura marketing que se niega a ver a sí misma, e hincha el pecho demócrata pero tose prejuicios y autoritarismo.

Todo lo considera indigno, menos a él —el escritor anti-neo-liberal— y hace un libro que posee las características que denuncia.

Si fuese coherente perdería 150 páginas de axiomas pero sería una divertida autocrítica de un escritor mexicano-global muy interesado en lo literario inmediato.

Pero La fábrica del lenguaje, S.A. no es ese libro. Y terminó creyendo su propio discurso: “Todos somos neoliberales” son los otros.

hyepez.blogspot.com

domingo, 29 de enero de 2012

Estela de dudas - A salto de línea




Braulio Peralta
(Publicado en Laberinto, suplemento de Milenio 28/01/02012)

Desde mi ventana, desde mi cama puedo verla; me acuesto y me despierto frente a la polémica Estela de Luz. Imposible no contemplarla. De noche es luminosa, como imagen de modernidad. De día es opaca en la distancia, semejante a un multifamiliar inconcluso. La veo y recuerdo lo que se ha escrito alrededor de ella. Nadie se atreve a decir que le gusta porque su repercusión mediática ha sido cuestionada, básicamente, por el halo de corrupción que la circunda —lo que está por comprobarse—. Es pertinente un acercamiento estético a la obra.

A muchos que pregunto quemarían la Estela de Luz en leña verde, pero cuando cuestiono si han ido a verla, in situ, dicen que no. A priori, la descalificación. Al observarla percibo que el entorno no rompe con la armonía de Reforma; al contrario, el antiguo edificio de Salubridad gana en belleza, a pesar del paso de peatones y las pintas en bardas aledañas. La gente ahí congregada para atestiguar el espectáculo de luz asume —pese a lo dicho sobre malversación de fondos para la realización de esta construcción— que “está bien”, “bonita”, “es un espacio público más”, “bastante cara pero hermosa”. Pocos dicen lo contrario.

Por principio, habría que verla como un elemento estético, un objeto de arte, nada más. Una apuesta atrevida, fuera de lo que conocemos como esculturas o monumentos, cuando en otras partes del mundo hay innumerables ejemplos de instalaciones lumínicas. Pareciera incorrecto apostar por ella pero, lo confieso, me gusta (chin, ya lo dije). No veo en su entorno contaminación visual (no como las tres esculturas en menos de 150 metros que hay en Reforma y Juárez: la fuente de agua, el Caballito de Sebastián, y el otro caballo extraño, el de Manuel Felguérez).

El curador David Torrez compara la polémica Estela de Luz con El Faro del Comercio, en Monterrey, creado en 1984 por Luis Barragán, y cuya punta tiene rayos láser que la prolongan al cielo. Dice Torrez: “es un ejemplo de la importancia e influencia de Barragán en los artistas contemporáneos. La Estela de Luz es delicada, bella y luminosa”. Podríamos agregar otras esculturas similares, pero de concreto —también de Barragán, y Goeritz—, las Torres de Satélite, tan criticadas en su momento y hoy emblema de la Ciudad de México. Puede ser un sacrilegio comparar el alabastro con el concreto, pero nos arriesgamos.

Prolifera la ideología en las opiniones en torno a este mal llamado monumento, escultura o fuente lumínica. En realidad es una instalación. El arquitecto que la conceptuó, César Pérez Becerril, se niega a aceptar el proyecto final de la Estela de Luz por las anomalías alrededor. Creo que Pérez Becerril comete un error porque terminarán por olvidarlo a él como artista, mientras que a su obra se la apropiará la gente, tan necesitada de espacios públicos.

La estética de la Estela de Luz y las dudas sobre la corrupción en que se incurrió para su realización son dos cosas diferentes y debiera reflexionarse en ello, sobre todo porque se sometió a un concurso de oposición y los jurados fueron tanto del gobierno federal como capitalino. Ojo: no todo lo que se instala en las calles de la ciudad pasa por concurso. Por eso tenemos tantas obras horripilantes. Nadie nos preguntó por la Cabeza de Juárez, las culebras de Revolución en tiempos de Cárdenas y, obvio, “los caballitos” que nos han impuesto. Con la Estela se pretendió la transparencia y...

¿Qué será de esta Estela que tantas dudas genera? ¿Terminará por apropiársela la gente, más allá de los rumores de corrupción que la cobijan? ¿Olvidarán para siempre la idea original para la que fue creada (el Bicentenario)? ¿Terminará como un espacio público donde el esparcimiento y el espectáculo la conviertan en un emblema de la ciudad? Amén del calderonismo, en el sexenio que viene ¿los mexicanos querrán que la destruyan o prefieren que permanezca? Yo, por lo pronto, la convertiría en una cineteca nocturna con ciclos de películas mexicanas. Cine en la calle, como a principios del siglo XX; y toda la luz de esta Estela, en despliegue hasta alcanzar mi ventana.

braulioperalta@yahoo.com.mx

Una palabra dice más que mil imágenes - Toscanadas



David Toscana
(Publicado en Laberinto, suplemento de Milenio 28/01/2012)

Esta semana volví a toparme con alguien que dijo lo que se ha repetido incontables ocasiones: “Una imagen dice más que mil palabras”. Allá los fotógrafos, si quieren creerlo. Allá los que prefieren el cine a la literatura. Allá la televisión, que promueve la idea de que lo que no está filmado no existe.

Pedro Páramo tiene alrededor de 33 mil palabras. En 1967 y 1978 se filmaron sendas películas basadas en esta novela. A veinticuatro cuadros por segundo, entre ambas suman algo así como 320 mil imágenes. La relación es casi de diez a uno y, sin embargo, las palabras de Juan Rulfo dicen infinitamente más que las imágenes de Carlos Velo y José Bolaños.

Lo aseguro aunque no vi esas películas, como tampoco vi otros intentos más recientes por poner Comala en imágenes. Frente a las obras maestras de la literatura, el cine luce tan limitado como un borracho cuando trata de emular a José José con “El triste”.

En cierta ocasión el buen Senel Paz me quiso obligar a ver una película de don Quijote. Ante mi negativa y su insistencia, hice este pacto: “Si la novela comienza con una voz en off que dice ‘En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…’, apagamos el aparato”.

La película, luego de unos créditos que incluían a Camilo José Cela, comenzaba así: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Y se seguía hasta lo del galgo corredor. Encima, me dio erisipela cuando el dueño de la voz en off decía: “…de los de lanza en perchero…”. Luego me pregunté si el narrador había leído correctamente y fue Camilo José Cela el que no supo transcribir o se creyó más listo que Cervantes. Ah, las vanidades del cine. Dios de la palabra escrita, líbrame de ese mal.

Yo no tenía que ser un brujo para saber que la película empezaría de ese modo. Ocurre que hay cosas, como ese inicio de novela, que sólo la literatura puede decirlas. Al cine no le alcanzaría ni con un millón de imágenes para decir algo parecido.

De Anna Karenina se han filmado al menos una docena de versiones. No sé cómo arranque cada una, pero ninguna podría asumir con imágenes el inicio de la novela de Tolstoi.

Sé que también se han hecho películas de La metamorfosis. ¿En qué convierten al pobre Gregorio Samsa? El bicho hecho de palabras puede conmovernos, pero un robótico y hollywoodense escarabajo al que se le notan los hilos debe ser algo lamentable. Y si el director termina convirtiéndolo en un simple hombre enfermo, quizá tuberculoso, entonces ya no es la obra de Franz Kafka, sino alguna baratura, y mejor habría sido aceptar de antemano la inutilidad del proyecto de cine.

La palabra también supera a la imagen porque no privilegia un sentido. La palabra se ve, se escucha y se puede palpar con las yemas de los dedos.

La palabra supera a la imagen porque la gente que lee cincuenta libros al año va acumulando inteligencia, sabiduría, conocimientos, capacidad crítica, agudeza. En cambio conozco gente que ve trescientas películas al año y se vuelve cada vez más tarada.


dtoscana@gmail.com

Historias amafiadas - Cabezalcubo



Jorge Moch
(Publicado en La Jornada Semanal)

Hace unos días supimos de (y aplaudimos) la decisión del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que sanciona al Partido Acción Nacional y a la hermana mayor de Felipe Calderón, Luisa María, por la adquisición ilícita de espacios radiotelevisivos cuando ésta fue candidata en las recientes elecciones para gobernador de Michoacán, esto a raíz de una denuncia interpuesta por el Partido de la Revolución Democrática ante la presunta contratación de espacios televisivos hecha por Luisa María Calderón a tv Azteca para que le fuera dedicado un episodio, a manera de entrevista, del programa Historias engarzadas, que en la televisora del Ajusco conduce Mónica Garza.

El programa salió al aire a finales de octubre, en plena campaña por la gubernatura, en violación del artículo 41 constitucional y de la reglamentación vigente en materia de contratación de espacios en medios masivos electrónicos. En su momento, las denuncias de quienes se sintieron afectados por el proceder de Luisa María Calderón y su equipo de campaña fueron desoídas, tanto por las autoridades michoacanas como por el Instituto Federal Electoral entonces, por cierto, todavía incompleto en su Consejo. El episodio en cuestión de Historias engarzadas resultó una burda pero zalamera pieza de propaganda en forma de entrevista donde Luisa María Calderón apareció lucida, resaltada como mujer brava y rebelde… pero finalmente hermana –y correligionaria– del presidente, aunque se trate de uno tan inepto como su menor hermano Felipe de Jesús, y en ello, hipocresías y discursos de independencia aparte, cobijada con todo el poder del Estado y sus cortes de lambiscones y palafreneros. Y cualquiera sabe que en México no hay mejor palafrenero del tlatoani que la televisión.

En su momento –hace dos o tres meses– Luisa María Calderón contestó a sus críticos que el programa había sido a pedido de Mónica Garza, la conductora, y que apenas fueron transmitidos cuarenta spots promocionales en Michoacán. Falso: además de la entrevista se transmitieron más de mil (1,088) repeticiones promocionales de la entrevista.

La vuelta de tuerca que aplicó el tepj da un sesgo distinto a la infamante discrecionalidad con que se venían manejando esta y otras irregularidades en que incurrieron Luisa María Calderón y su equipo de campaña, y demarca al menos un determinado coto a los abusos e irregularidades en que incurre Acción Nacional, ese partido de empresarios que alguna vez se creyó a sí mismo una opción democrática y que en la praxis política ha resultado, mucho más allá de la comprensible, inmensa decepción que supone hoy para muchos mexicanos, en un taimado falansterio de enemigos de la democracia, de la verdadera alternancia en el poder o de traducir en prácticas sanas de convivencia la encendida retórica vacua de sus discursos.

Finalmente Acción Nacional es un partido político de derechas, y en llevar agua a su molino, de acrecentar su poder o su presencia y multiplicar el fino tejido de las complicidades se hace su día a día, pero, ¿y TV Azteca?

La entrevista que le hizo Mónica Garza a Luisa María Calderón es una lamentable muestra de propaganda mal disfrazada; sobran los momentos de elogio y autocompasión, de sentimentalismo ramplón, y brillan en cambio por su ausencia las críticas –por ejemplo, a que Luisa María Calderón fue diputada y senadora pero plurinominal, por designación y reparto de cuotas, nunca por elección directa o al menos suplencia en curul–, ni se cuestionan sus presuntos vínculos con grupos protoclericales, y ni siquiera se le preguntó de dónde sacó la emblemática directriz del “orden y el respeto” con cuyas pintas sus estrategas propagandísticos atufaron las bardas de Michoacán de un sospechoso olorcillo a Fascio…

Queda además la sospecha de que se tratara de una entrevista pagada. Desde luego la gente de Luisa María Calderón lo niega y la televisora, tal que suele hacerlo, guarda ominoso silencio. Pero no sería de extrañar que se tratara de una entrevista pagada, de una vulgar payola política, como tampoco sería raro, viniendo de TV Azteca, que se tratara de un obsequioso acercamiento con quien se pensó que sería la primera gobernadora panista en Michoacán, aunque la estrategia, como se vio después del tropezón rotundo del panismo en ese estado a pesar de ser el terruño de los Calderón Hinojosa (bueno, en realidad Luisa María es chilanga), y de que nadie se cree que Felipe de Jesús no apoyó a su hermana mayor, iba encaminada a nada más que al fracaso.


tumbaburros@yahoo.com

Las ruedas de mi abuelita - Cinexcusas



Luis Tovar
(Publicado en La Jornada Semanal)

Hay en México una expresión popular que se usa para ironizar respecto de algo considerado a tal punto imposible, que se le compara con esa otra imposibilidad, de suyo jocunda, consistente en que la abuela de uno tuviese ruedas. “Claro, y si mi abuelita tuviera ruedas, sería bicicleta…”, se dice al escuchar alguna cosa que –un mexicanismo más– claramente sea un auténtico sueño guajiro.

La enllantada abuela cinematográfica de estos días ha echado a rodar su entusiasmo a consecuencia de que la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos decidió nominar, para la próxima entrega de sus bien conocidos premios a dos mexicanos en diferentes categorías. Como a estas alturas lo sabe Todomundo, se trata de Emmanuel el Chivo Lubezki por su labor cinefotográfica para The Tree of Life –El árbol de la vida–, filme dirigido por Terrence Malick, y de Demián Bichir por su actuación protagónica en la cinta titulada A Better Life –Una vida mejor–, cuya dirección corrió a cargo de Chris Weitz.

Más contento que un quinceañero enamorado y bien correspondido, Unosyotros ha dado y seguirá dando, en medios impresos y electrónicos, y de aquí hasta el 26 de febrero, día de la ceremonia de premiación en Hollywood, muchas y superlativas muestras del placer inefable que le provoca esta nueva palmadita del amo fílmico en la cerviz del más cercano –geográficamente hablando– de sus mercadotécnicos esclavos.

Por si alguna falta hiciera aclararlo, es obvio que nada de lo anterior se dice en contra de los merecimientos de Lubezki y Bichir para aspirar a este o a cualquier otro galardón; se dice en contra, eso sí, de quienes nomás con escuchar juntas las palabras “Oscar” y “mexicano”, salivan tan pavloviana como chovinistamente porque, según ellos, no hay trofeo cinematográfico más importante y, en consecuencia, consideran “un honor” que un paisano se haya ganado algo que sería ni más ni menos que el derecho a la existencia, profesionalmente hablando, siempre que se den por plausibles los condicionamientos de ese número creciente de simplones que, siempre por estas fechas, al hacer el panegírico de una simple nominación a un premio cuya verdadera importancia es exclusivamente monetaria, le hacen la chamba –y de a gratis, para acabarla de amolar– a la mpaa y demás organismos fílmicos estadunidenses.

Puesto que al Chivo es la quinta vez que lo meten a esta guerra de suspiros, –lo cual hace que, en su caso, el asunto se reduzca “a ver si ora sí va la buena”–, la nominación más explotable para todo aquel que no se llame Demián ni se apellide Bichir es, precisamente, la de quien a ese nombre responde.

La sutileza de una paradoja casual

Mera casualidad, clara paradoja o ironía poco sutil, tanto el tema de fondo como el personaje principal de A Better Life pueden ser vistos como una suerte de traslación fenoménica de doble sentido: en el filme, Bichir encarna a un inmigrante ilegal mexicano que se busca la vida en California, con todas las dificultades que ello implica, más la adicional de ser el padre soltero de un adolescente cuya cotidianidad luce plagada de riesgos y amenazas. En la trama, las relaciones de Carlos –que así se llama el personaje, un jardinero menos viejo que avejentado– con los ciudadanos legales se reduce al ámbito laboral, dejando los vínculos de naturaleza afectiva exclusivamente para los connacionales que, como él, habitan un suelo que, diría la canción, está lejos de donde han nacido.

Pero hete aquí que no nada más la solidaridad, el apoyo y la compañía para Carlos provienen, como parecería obvio, de esos paisanos: son ellos también el principal, y en A Better Life, incluso el único manantial de problemas, angustias, traiciones y chingaderas varias. Es como si la película dijera, en el fondo, algo así como que las broncas de los mexicanos ilegales en Estados Unidos son su bronca, en lo cual no piensa meterse ningún american citizen que se respete; salvo, claro está, cuando el trabajo de algún frijolero –Molotov dixit–pueda reportar algún beneficio material. Exactamente lo que, burla burlando, sucede con los desempeños fílmicos hoy nominados, para más felicidad de Unosyotros, en categorías distintas a la de “película extranjera”.

Amén del espíritu de buen salvaje que ojalá el mencionado Unosyotros no sacara a pasear con tanto desempacho, otra cosa sería si al Oscar no se le sobredimensionara de ese modo obsceno, y si A Better Life no fuese para los migrantes mexicanos una especie de autopatada; y, claro, si mi abuelita tuviera ruedas, también sería otra cosa.


cinexcusas@yahoo.com

Broche de oro - Mar de historias



Cristina Pacheco
(Publicado en La Jornada)

Sentada en una banca del jardín frente a la iglesia de San Fernando, Adelina abre una bolsa de papel, saca un puñado de pan molido y lo arroja al aire. Sonríe al ver la celeridad con que las palomas abandonan nichos y cornisas del campanario. Al tocar las baldosas con sus patas cierran las alas y, bamboleándose, se precipitan hacia el alimento que enseguida picotean. "Ay, bonitas, por mi culpa tienen hambre", murmura Adelina sin apartar los ojos de las aves. Es tal su arrobamiento que no advierte la llegada de su hija Natalia.

Natalia: Mamá…

Adelina (sobresaltada, se lleva la mano al broche de oro prendido en la solapa de su abrigo): Ay, hija, me asustaste. ¿Qué andas haciendo por acá? ¿Hoy no trabajas?

Natalia: Iba al instituto. El autobús en que venía se quedó embotellado. Entonces te vi y me bajé para que hablemos. Aunque sea un minutito, porque hace mucho que no platicamos. Ya sé que es mi culpa. Perdóname que no haya ido a visitarte. (Observa a su madre.) ¿Te sientes bien?

Adelina: Sí, claro, ¿por qué?

Natalia: Al verte desde la ventanilla me pareció que estabas preocupada.

Adelina: No. Lo que sucede es que no ha llegado Tornasol y es raro. Esa paloma siempre anda por aquí.

Natalia: No vas a decirme que las conoces a todas.

Adelina: Claro, por el plumaje. (Acaricia el broche en su abrigo.) Darío me enseñó a distinguirlas por eso.

II

Natalia: ¿Quién es Darío?

Adelina: Un amigo. No, más bien un conocido.

Natalia: ¡Increíble! Tú, mi madre, teniendo un amigo y sin decírmelo.

Adelina: Pues créelo, y si no te lo dije es porque no me has dado oportunidad de hacerlo. Te veo poco.

Natalia: Pero te llamo a diario. Bueno, casi… Ay mamá, es que tú no sabes… El trabajo, la comida, los hijos. Bernardo no se ocupa de ellos y los muchachos están en una edad muy difícil.

Adelina: Dime cuál no lo es. (Mira a la distancia.) Cuando te parece que al fin van a arreglarse tus cosas sucede algo y lo cambia todo.

Natalia: Es raro que hables así. ¿Por qué? Dímelo.

Adelina: Otro día. Hoy tienes que ir a tu trabajo.

Natalia: ¿Crees que voy a dejarte como estás, a punto de llorar? (Se acerca más a su madre.) Aunque trates de ocultarlo, veo que te sientes mal.

Adelina: Un poco, sí. Darío se fue. Hace un mes vino su hija a visitarlo, pero en realidad lo hizo para llevárselo con ella a Tampico. Él me dijo que se iba por una temporadita, y me pidió que mientras regresa no deje de cuidar a las palomas. A mí también me gustan. Me divierten.

Natalia: Por la cara que tienes, no pareces tan divertida.

Adelina: Llegué bien, contenta, pero al ver la banca vacía me puse mal. Será porque ya estaba acostumbrada a que Darío estuviera aquí, dándoles de comer a las palomas.

Natalia: Mamá, ¿vas a decirme de una vez por todas quién es Darío?

Adelina: Luego. Ahora vete. No quiero que te llamen la atención en tu trabajo.

Natalia: Voy a hablar por teléfono para decir que hay cuatro marchas, el tráfico está espantoso y no llegaré a la primera clase. Total, sólo tengo cuatro alumnos. (Marca un número en el celular. Al cabo de breves explicaciones corta la comunicación.)

III

Natalia: Ahora explícame quién es ese hombre, dónde lo conociste. No te lo pregunto porque piense algo malo, pero hay tanta inseguridad… ¿De qué te ríes?

Adelina: De que me hables como yo lo hacía contigo cuando regresabas tarde acompañada por algún muchachito.

Natalia: ¿Tu amigo es un joven?

Adelina (reanimada): No, ¡qué va! Darío es siete años mayor que yo, pero no lo parece. Dice que el ejercicio y el trabajo lo mantienen así.

Natalia: Ibas a decirme en dónde lo conociste.

Adelina: Cuando me quitaron el yeso de la pierna le prometí a la Virgen rezarle una novena si volvía a caminar bien. Al salir de la iglesia me sentí mareada y tuve que sentarme en esta banca. La ocupaba un señor al que había visto algunas veces echándole comida a las palomas. Una se me acercó y él me habló por primera vez: "Así como la ve de cariñosa, es bien agresiva, como todas. Quién lo creyera, ¿no?, cuando simbolizan la paz".

Natalia: ¿Cómo es Darío?

Adelina: Un señor grande, normal, pero muy agradable y atento. Aquella mañana, cuando iba despedirme, se fijó en mi prendedor. "Es muy muy bonito, lástima que esté manchado". Le comenté que, aunque no fuera costoso, apreciaba mucho la joya: el último regalo que me hizo tu padre. Quiso saber con qué limpiaba mi broche y le dije: "Uso carbonato". Me explicó que era mejor hacerlo con un líquido especial; que si tenía unos minutos disponibles lo acompañara hasta su taller de joyero, a dos cuadras de aquí, para que me lo desmanchara. Le advertí que en ese momento no tenía con qué pagarle y me aclaró que no fiaba, pero que conmigo iba a hacer una excepción. Me reí mucho. Él no. Creo que hablaba en serio.

Natalia: ¿Y fuiste con él a su taller? (Ve que su madre asiente.) ¡Qué bárbara! ¿No pensaste que a lo mejor quería secuestrarte o robarte?

Adelina: ¿Darío? Pero si a leguas se nota que es una magnífica persona.

Natalia: Las apariencias engañan. Piensa en las palomas.

Adelina: Con Darío era imposible equivocarme. Tiene algo de tu padre: la sonrisa, creo.

Natalia: Mi papá lleva 11 años de muerto. ¿Aún lo extrañas?

Adelina: Sí, mucho.

Natalia: ¿Y a tu amigo?

Adelina: No pensé que lo haría, hasta creí que no lo necesitaba y dejé de venir una semana. Pero no pude más. Tuve que volver y hoy, al llegar y encontrarme la banca desierta sentí algo, no sé cómo decirte... (Luego de un breve silencio.) La amistad de Darío es tan valiosa para mí como este prendedor: tal vez sea el último regalo que me dé la vida.

Natalia: Mamá, ¿y si tu amigo no vuelve?

Adelina: Seguiré viniendo. Le prometí a Darío cuidar a las palomas y no puedo fallarle.

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