Jorge F. Hernández
Fuente: Milenio
Periodismo cultural, narrativo, análisis, investigación y opinión
Daniel Giménez Cacho lleva a escena la obra "Misericordia", protagonizada por ocho mujeres que caminan juntas en la Caravana por la Paz
En los últimos años, la prensa mexicana ha vivido momentos difíciles debido a la violencia y al crimen organizado. El PEN Internacional se solidariza con los periodistas y comienza actividades en nuestro país a favor de la libertad de expresión. Presentamos un recorrido por la historia de la organización y una entrevista con John Ralston Saul, su presidente.
Así despertó un día. Era un lunes como los he visto amanecer por montones, sólo que esa mañana en lugar de levantarme suave y cariñosamente, mi mamá intentó morderme los pies. Yo estaba dormido y primero creí que era una pesadilla. No reconocí que fuera ella. Sólo vi una horrenda cabeza con pelo negro que lanzaba mordiscos. La pateé con todas mis fuerzas y juro que escuché cómo tronaban algunas de sus vértebras.
Los zombis carecen del romanticismo y de la personalidad que poseen los vampiros, pero no por ello son menos seductores. Esos muertos vivientes que siempre en hordas van por la vida devorando cerebros, han cobrado una fuerza arrolladora y se han convertido en un fenómeno de la cultura contemporánea.
El 7 de febrero celebramos 200 años del nacimiento de Charles Dickens, en cuyos relatos y novelas conviven el pensador social, el sabio humanista y el humorista vivaz. No sólo dio aliento a centenares de seres que personificaron unas vidas tan inverosímiles como extremas, sino que capturó el espíritu de un paisaje urbano —Londres y sus calles decrépitas— sin el cual no pueden concebirse la ruindad y la bondad humanas. "Laberinto" ofrece ocho acercamientos polifónicos a su obra y su legado. Por estas páginas caminan el niño empleado en una fábrica de betún, el editor y periodista (con un texto inédito en español), el padre de familia, el enamorado, el escritor incansable a quien debemos la apología de esa institución literaria ya tan en desuso: el final feliz.
El grito más fuerte nace en el silencio de la desesperación y el desahucio.... quizá por eso un grupo de artistas tuvo a bien formar el Colectivo El Grito más Fuerte.
Lo saben los niños que se caen de sentón sobre la mera punta cóccix y lo recordamos quienes nos hemos topado de pronto, inesperada e insospechadamente, con la desagradable sorpresa que nos deja mudos: hablo del grito silencioso, inhalación de todo dolor, que antecede a la explosión de nuestras gargantas ya abiertas en cuello. El grito más fuerte nace en el silencio de la desesperación y el desahucio; suspensión eléctrica de todo lo que nos rodea, es un vado de tiempo, un vacío en el espacio… parecería que nos quedamos sin aliento y, de pronto, se rompe el aire con la voz ya rasgada del más grande dolor, una vocal que se eleva tanto dentro de nuestro pecho que parece que se rasga el telón de lo que llamaban alma y los párpados se constriñen como pinzas allí donde nace la nariz y los ojos se llenan de mar y absolutamente todo el Mundo se queda quieto y en silencio alrededor… hasta que alguien se acerca o siente cercano y se contagia y el grito que nació callado se vuelve plural, de inaudible se vuelve estentóreo.
Al día de hoy, México suma más de cincuenta mil muertes acaecidas durante los pasados cinco años, relacionadas directa o indirectamente con la mal-llamada Guerra contra el Narcotráfico y Crimen Organizado (que ya no se sabe si es políticamente correcto o incorrecto llamarla así) y con la vergonzosa desfachatez de no consignar nombres y apellidos, situación o circunstancia de la mayoría de las víctimas. A los cincuenta mil muertos, hay que sumar doce mil desaparecidos y más o menos ciento veinte mil personas desplazadas por la desesperación o el desahucio. En este entramado desolador y sangriento ha de haber incontables gritos que se contagian y que, al parecer, son inaudibles… quizá por eso un grupo de artistas, actores, actrices, cineastas y teatreros tuvieron a bien formar El Colectivo El Grito más Fuerte, sumarse a los justos reclamos y heroica indignación que encabeza Javier Sicilia y su Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad… e intentar el difícil ejercicio de “ponerse En los Zapatos del Otro”.
No citaré los nombres de los famosos —precisamente porque el esfuerzo no radica en subrayar su protagonismo, carisma ni trayectorias—, mas sí me concentraré en celebrar los rostros de los familiares de las víctimas que aparecen en un video donde los actores y actrices dan voz, gesto y mirada a sus historias. Parece que no pocos mexicanos ya no somos capaces de compadecernos de la víctima que tenemos ante nuestros propios ojos y que sólo tomamos conciencia cuando esa víctima es interpretada en la pantalla chica o grande… de todas las muertas de Juárez no recordamos rostro ni nombres, a contrapelo de las actrices que han desfilado por reclamarles su esclarecimiento. Allí en el espejo, no somos capaces de ver nuestro propio rostro y quizá por eso resulta tan contundente que artistas conocidos y reconocidos hayan ofrecido sus voces y rostros para que todos podamos encarnar e intentar encarar el reto de ponernos en los zapatos del Otro.
En este país donde es tan común y popular dar gracias con el sombrero ajeno, resulta dramáticamente contrastante la cuasi nula capacidad que tenemos los mexicanos para ponernos en los zapatos de los Otros, imaginar que el lugar donde se halla el Otro es el mismo que ocupamos o podemos ocupar. Enfilados, punta con tacón, se hallan cincuenta mil pares de zapatos ya sin dueño; prosigue la línea con ciento mil pares de zapatos y doce o quince mil pares que prolongan como vía esa terrible cicatriz no del todo explicable, totalmente imperdonable… que muchos creen irremediable y que, en realidad, sólo podemos empezar a clarear con cada voz que se una a la indignación, cada voz que permita que el grito salga del silencio interior y se vuelva campanada.
Más de un centenar de artistas se han unido con el afán de luchar por hacernos entender a todos que lo que me pasó a uno no debe repetirse con otro; lo que me pasó a mí, no debe pasarte a ti… y lo hacen con la convencida creencia de que empiezan por la casa de cada quien, sumando barrios, multiplicado el afán en pueblos y ciudades hasta que se finque una diferencia, por lo menos una respuesta digna a los gritos de las víctimas y las demandas de sus famliares.
Faltan ciento cincuenta días para la elección presidencial en México y la larga fila de zapatos vacíos no es metáfora lacrimosa ni puesta en escena para el vacío. Se trata de un sinuoso sendero que hasta ahora ninguno de los aspirantes o suspirantes a la Presidencia de la República ha sabido reconocer o incorporar a sus urgentes propuestas. Por hoy, acorto los párrafos aquí… No sin antes subrayar la sana exhortación de ponernos en los zapatos de los demás: el mandamás y el poderoso, los que se creen siempre con la razón, los pretenciosos y pusilánimes… pero también familias que no han sufrido la tragedia de perder a un familiar, los hijos que no han caído en orfandad por la violencia y los padres que no se han quedado sin hijos por todo este enjambre enredado y deleznable que se atora en la garganta, absorbiendo el aliento sin que se escuche, a punto de oírse… el grito más grande que ha dado México, aunque con sólo escribirlo me es inevitable reconocer la tautología: todo lo que digo tiene como telón de fondo a los millones que no escuchan, los criminales que matan campantes, los policías y funcionarios corruptos que sólo gritan en las peleas de gallos, los millones de aficionados y enajenados que gritan ante las pantallas de la televisión o las páginas amarillas de los chismes. Tanto ruidero y tanto grito que parecería sana la humilde exhortación de que así como habrá que ponernos en los zapatos del Otro, no nos viene mal escuchar la soledad del silencio.
No son, ninguno de ellos, los que más han cambiado mi vida, pero la cambiaron.
De no haber leído De los Apeninos a los Andes, no escribiría. Ese relato del volumen de Edmundo D’Amicis termina: Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a su madre
. Ni modo de hacer a un lado que Umberto Eco tilda, con razón, al libro de fascista. De todos modos cambió mi vida. Y no hacia el fascismo. Platero y yo me llevó, en la colección Sepan cuántos… a los 300 poemas de Juan Ramón, entrada al gran poeta de Moguer. Uno puede empezar por donde sea. La cuestión no es irse por la tangente, hacia lo peor o hacia ninguna parte, que es lo que en conocido caso se hizo. Fama es que Juan Ramón padecía vanidad. Sus poemas no tanto, o casi no, o no.
¿Y acerca de Antoine de Saint-Exupèry? A más de la leyenda que a pesar de todo todavía lo envuelve, no sé gran cosa de él. Tuve su Vuelo nocturno y no, no lo leí.
En fin, ésos no son los libros que más han cambiado o marcado mi vida, sino otros. ¿Mas cómo olvidar los primeros?
¿Cuáles los definitivos? No tres, más. Entre ellos, Pedro Páramo. Entre ellos, los de San Juan de la Cruz. Entre ellos, el Tao Te King. Entre ellos, Pito Pérez y Juan Pérez Jolote. Entre ellos, los versos de Garcilaso de la Vega y los cantos de María Sabina. ¿Eclecticismo? Verdad. ¿Una gran verdad? Claro que no, verdad llana y sólo eso.
También hay películas que me han cambiado la vida (Vivir es una). Preguntado por ellas, ¿no sabré qué decir? Oigo de casualidad a la hora de anotar esto poesía popular de Oaxaca. La poesía popular mexicana, alguna de ella necesariamente derivada de la española, es la marca mayor (no la única: la argentina, la dominicana, la chilena, etcétera, también). No hablaría de libros sino de una herencia, y en ese sentido de un quizá solo Libro. Carezco de la fortuna de calar tan hondo o volar tan alto, no sueño a tal grado, como la mujer de Huautla que sin conocer de letras bien conocía su Libro, pero el que llamo mío me abrió y sigue abriendo las páginas de los demás.

Esta semana volví a toparme con alguien que dijo lo que se ha repetido incontables ocasiones: “Una imagen dice más que mil palabras”. Allá los fotógrafos, si quieren creerlo. Allá los que prefieren el cine a la literatura. Allá la televisión, que promueve la idea de que lo que no está filmado no existe.
Pedro Páramo tiene alrededor de 33 mil palabras. En 1967 y 1978 se filmaron sendas películas basadas en esta novela. A veinticuatro cuadros por segundo, entre ambas suman algo así como 320 mil imágenes. La relación es casi de diez a uno y, sin embargo, las palabras de Juan Rulfo dicen infinitamente más que las imágenes de Carlos Velo y José Bolaños.
Lo aseguro aunque no vi esas películas, como tampoco vi otros intentos más recientes por poner Comala en imágenes. Frente a las obras maestras de la literatura, el cine luce tan limitado como un borracho cuando trata de emular a José José con “El triste”.
En cierta ocasión el buen Senel Paz me quiso obligar a ver una película de don Quijote. Ante mi negativa y su insistencia, hice este pacto: “Si la novela comienza con una voz en off que dice ‘En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…’, apagamos el aparato”.
La película, luego de unos créditos que incluían a Camilo José Cela, comenzaba así: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Y se seguía hasta lo del galgo corredor. Encima, me dio erisipela cuando el dueño de la voz en off decía: “…de los de lanza en perchero…”. Luego me pregunté si el narrador había leído correctamente y fue Camilo José Cela el que no supo transcribir o se creyó más listo que Cervantes. Ah, las vanidades del cine. Dios de la palabra escrita, líbrame de ese mal.
Yo no tenía que ser un brujo para saber que la película empezaría de ese modo. Ocurre que hay cosas, como ese inicio de novela, que sólo la literatura puede decirlas. Al cine no le alcanzaría ni con un millón de imágenes para decir algo parecido.
De Anna Karenina se han filmado al menos una docena de versiones. No sé cómo arranque cada una, pero ninguna podría asumir con imágenes el inicio de la novela de Tolstoi.
Sé que también se han hecho películas de La metamorfosis. ¿En qué convierten al pobre Gregorio Samsa? El bicho hecho de palabras puede conmovernos, pero un robótico y hollywoodense escarabajo al que se le notan los hilos debe ser algo lamentable. Y si el director termina convirtiéndolo en un simple hombre enfermo, quizá tuberculoso, entonces ya no es la obra de Franz Kafka, sino alguna baratura, y mejor habría sido aceptar de antemano la inutilidad del proyecto de cine.
La palabra también supera a la imagen porque no privilegia un sentido. La palabra se ve, se escucha y se puede palpar con las yemas de los dedos.
La palabra supera a la imagen porque la gente que lee cincuenta libros al año va acumulando inteligencia, sabiduría, conocimientos, capacidad crítica, agudeza. En cambio conozco gente que ve trescientas películas al año y se vuelve cada vez más tarada.
